
Lo voy a reconocer, hay veces que me gustaría no tomar decisiones, tirar los dados y lo que caiga caiga. Estamos condenados a ser libres, Sartre. Hoy no salís porque insultaste, algún adulto en mi infancia. Otros decían esto o aquello y todo me parecía una cárcel. Ahora nadie lo dice.
Me levanté con ganas de cambiar de trabajo. Antes de entrar, vi que había una tarotista, me acerqué, pusé 10 pesos sobre la mesa, corte tres veces a la izquierda, le hice la pregunta: ¿Hay posibilidades laborales? Di vuelta una carta, "La muerte" patas arriba, salió. Temblé. Es buena señal dijo. Después vino la rueda de la fortuna, ella me clavó los ojos y amenazó: "No te atrevas a hacer cambios bruscos por estos días".
Acomodando libros se me paso la mufa de lunes. Me encanta mi trabajo, pensé, y hasta canté. Mis compañeros reían. Tomamos gaseosa y jugamos a ver quién eructaba más fuerte. Perdí y casi vomito. El malestar me hizo pensar que tendría que haber querido más a mi mamá. Me dio culpa y en mi tiempo de descanso fui hasta la catedral, justo era el horario de confesión.
Le hablé al cura, un desconocido. Mi pecado no era jugoso pero no quería pedir perdon por otras cosas. Entonces empezó un interrogatorio, el cura me ayudó a darme cuenta de que había infringido varios mandamientos, algunos de los que me sentía orgulloso. Me hubiese gustado rezar los setenta padres nuestros pero los 45 minutos de almuerzo estaban en su fin. Por suerte hoy terapia, pensé.
Quisiera transcribir lo que hablo mientras estoy en el consultorio, pero la falta de sintaxis y orden lineal me lo impiden, por eso voy directo al fin de la sesión, 15 minutos al borde del precipicio, lacaniana. "Te propongo que vos elijas por mí, te pago más, vengo, y me decís hace esto pero aquello no. Yo no quiero decidir, ni siquiera sé si quiero seguir con la terapia" : "Bueno, está bien, por hoy vamos a dejar acá".
La concha concha reconcha de la lora. La reputísima madre, la recontraconcha de la lora. Eso sí que fue una intervención potente.
Camino puteando. La energía de las puteadas y la música al máximo en el mp3 me dan una imagen irreverente, de juventud perdida e irrespetuosa, lo sé.
Veo gente que corre, están detrás de una vidriera, parecen caballos, reconozco la expresión de las caras transpiradas: tienen furia, odio por tener que elegir tantas veces en un día.
Entro, revisan el archivo y comprueban que sí, soy un ex socio, tengo una clase gratis por eso. "Quiero empezar ahora", a la recepcionista. "Tengo energía para una maratón, necesito una rutina intensa", al instructor.
Dos horas después salgo. Llego a casa. Me como la heladera y después medio kilo de helado de limón y chocolate. Estoy con la cabeza tan clara que decidí escribir un rato.
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